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Señales sobre el dólar que no llegan al público

Sabina Amboage

Con el masivo acceso a Internet, todo el mundo sabe que para ver cómo está el dólar solo tiene que acceder a alguno de los ya muy conocidos sitios que proveen información online sobre las casas de cambio.

Para los días de calma, la información es útil. Pero cuando la intranquilidad crece, esa información no es suficientemente sensible para quienes buscan señales sobre qué esta pasando. Es lo que ocurrió el viernes, cuando circularon versiones de todo tipo, desde devaluación hasta desdoblamiento del tipo de cambio. Nadie le encuentra sentido, pero el rumor circula.

Las casas de cambio mostraban pizarras en ascenso –a $ 3,22 y más– mientras en el mercado mayorista las cotizaciones bajaban, ante la presencia del Banco Central que limpiaba con rapidez las pantallas.

El mercado mayorista es el que marca la tendencia del dólar, y ésta fue claramente bajista el viernes, sin oscilaciones. El Banco Central estaba diciendo: “Vendo, no quiero que suba”. Sin embargo, viendo las pizarras de la City podía inferirse lo contrario.

Señales en el MAE Quienes quieran ver cómo están operando “los grandes” pueden recurrir al sitio del Mercado Abierto Electrónico. Es en esta plaza donde se cursan las grandes operaciones y donde hace sus apariciones –aunque no se lo pueda identificar– el Banco Central. La dirección es www.mae.com.ar. Hay que seleccionar Forex (Foreign Exchange) en las pestañas superiores bajo Mercados, y en la página que se abre se podrán ver, al iniciarse las operaciones del día, los gráficos con los montos y valores operados por hora. En la ventana rueda aparece CAM1, que es la opción que hay que mantener (corresponde al mercado mayorista).

Aunque los gráficos pueden verse algo confusos, en uno de ellos aparecerá únicamente el precio operado y será fácil advertir la tendencia del dólar, en los días que la hay (en algunas jornadas sólo se producen altibajos). Los precios en las casas de cambios suelen ser –en días normales– alrededor de dos centavos más altos.

¿Qué prefiere usted en materia económica, abundancia o escasez?

¡Cómo!, dirá usted. “¿A quién se le ocurre que la escasez pueda ser la base del bienestar?” Pues, por mucha sorpresa que pueda causarle, esto es lo que sostienen muchísimas personas. De hecho, ni siquiera se lo cuestionan, sino que lo dan por sentado, e incluso es la más popular de las teorías. La abundancia, sostienen, es perversa y reduce el bienestar.
Diariamente escuchamos a los productores nacionales decir: “El mercado está siendo inundado con productos extranjeros y baratos”. Ergo, tememos a la abundancia. O frases como “Hay una sobreproducción de bienes”, lo que indica también que tememos a la abundancia. O que en los Tratados de Libre Comercio hay que excluir los servicios profesionales, para evitar que los extranjeros vengan a Panamá a brindar sus servicios y compitan con los nacionales. O sea, no queremos más servicios, sino que por contrario queremos menos.

¿No me cree? Fíjese en lo que hace el Estado en materia de política económica. Se establecen altos aranceles y otras barreras para inhibir la importación de productos extranjeros. ¿Y cómo logra esto la política arancelaria? Pues sencillamente porque provoca disminución en la oferta de bienes y servicios, ya que impide y elimina de un plumazo la abundante oferta extranjera. Y cuando el Estado sigue una política dirigida a disminuir la oferta de bienes y servicios, necesariamente nos alejamos de la abundancia y nos acercamos a la escasez. Aparte de la política arancelaria, la misma finalidad (escasez) se logra con barreras al libre mercado, barreras a la competencia extranjera, barreras fitosanitarias excesivas, y otras restricciones al libre comercio.

Pero, ¿cómo puede ser que nuestra política económica esté encaminada a asegurarnos escasez, en lugar de abundancia? ¿Cómo se explica que las personas confundan las cosas de esta manera y relacionen bienestar con escasez? La causa de esta ilusión está en un entendimiento imperfecto del intercambio económico. Si analizamos nuestro propio interés como individuos, nos damos cuenta que es ambivalente: como vendedores nos interesa que los precios sean altos, y por tanto, que haya escasez; como compradores, en cambio, queremos que los precios sean bajos, lo cual implica que haya abundancia de bienes. ¿Cuál de estos dos es entonces el verdadero interés de la Humanidad?

Si el Hombre fuese un animal solitario, y cada individuo trabajara solamente para sí mismo, consumiendo directamente los frutos de su labor, es obvio que no habría intercambio económico. La ilusión de la escasez como base del bienestar jamás habría surgido, y sería evidente que el interés de todo individuo estaría en la abundancia de bienes. A ninguna persona se le ocurriría pensar que, para mejorar su propia situación, debería limitar su acceso a los bienes que necesita. Muy fácilmente llegaría a la conclusión de que el trabajo no es un fin en sí mismo, sino un medio, y que sería absurdo rechazar el fin con tal de no perjudicar al medio. Un individuo en tal situación entendería que, si dedica dos horas al día para proveerse sus necesidades, cualquier circunstancia que le ahorrase una hora de su trabajo dándole el mismo resultado, traería como consecuencia que ahora tenga una hora más disponible para dedicarla a otra actividad que le produzca bienestar. En otras palabras, entendería que cualquier circunstancia que le produzca un ahorro en trabajo es progreso puro.

Pero el intercambio económico nubla nuestra visión de tal modo que ya no vemos esta simple verdad. En la sociedad, con la división del trabajo, un mismo bien es producido y consumido por individuos distintos. Cada persona llega a considerar su propio trabajo, no como un medio, sino como un fin en sí mismo, puesto que el intercambio económico crea, con relación a cada bien, dos intereses: el de su productor y el de su consumidor, y ambos intereses están siempre en contraposición inmediata.

El productor quiere que los precios sean altos, y por tanto que haya escasez de éstos. El productor quiere además ser el único, o uno de los pocos que se dedican a producir el bien en cuestión, y que en cambio haya la mayor cantidad de personas posible en busca del bien que aquél produce. Si una persona produce maíz, y repentinamente sus competidores en el mercado sufrieran pérdidas totales en sus cultivos de maíz, aquélla será la única oferente de maíz en el mercado y por tanto los precios subirán, puesto que hay escasez. ¿Acaso no estará contenta dicha persona?

En cambio, el consumidor tiene interés en que haya la mayor cantidad posible de personas ofreciendo un producto. En el ejemplo del maíz, como en cualquier otro caso, el consumidor sufre si hay escasez. Debido a que los intereses de los productores y de los consumidores están contrapuestos, el Estado entonces debe decidir cuál de los dos intereses impulsará. Si nos vamos por la lógica democrática, concluimos rápidamente que el Estado debe impulsar aquello que va en interés de las mayorías.

Si consideramos el interés inmediato del consumidor, nos damos cuenta que coincide plenamente con el interés general de la sociedad, o sea, el que provee más bienestar. Cuando un consumidor va al mercado, desea que éste se encuentre abundantemente provisto. Desea que el clima sea propicio para todos los cultivos; que haya más y más inventos y adelantos tecnológicos produciendo mayor cantidad de productos y satisfacción; desea que haya más ahorros en tiempo y trabajo; desea que las distancias se acorten y que los aranceles sean eliminados.

Pero en Panamá no tenemos esta teoría de la abundancia, sino una teoría de la escasez. Nuestra política económica está dirigida a evitar la competencia en todos los sectores económicos, quizás con la única excepción de los servicios puramente financieros. ¿Por qué? Porque nos gusta la escasez, no la abundancia.

¿Podemos traer leche de otros países a precios de veinte centésimos por litro? Pues eso es malo. Mientras menos leche tengan los panameños, y a mayor precio (usted paga aproximadamente setenta centésimos por litro), tanto mejor, porque tememos a la abundancia y amamos la escasez. ¿Podemos traer arroz de buenísima calidad americana a B/ 12.00 por quintal? Malvados y avaros aquellos que propongan esto, cuando perfectamente podemos seguir comprando nuestro arroz caro de B/ 28.00 el quintal. Como en Panamá no hay pobres, no hay necesidad de traer leche y arroz baratos. Recuerden: necesitamos escasez, no abundancia, así que mientras menos riqueza tengamos, más felices seguiremos siendo los panameños.

Debemos acabar de una vez por todas con esta absurda tesis de que lo que le conviene al país es la escasez de productos y servicios. Lo que necesitamos es abundancia, y esto no se logra con proteccionismos, ni altos aranceles, ni altos impuestos, ni restricciones al trabajo y a la libre empresa. Los panameños necesitamos que se nos deje libres de escoger a quién queremos comprarle las cosas que necesitamos. Si los panameños podemos obtener productos y servicios extranjeros a mejores precios que los nacionales, nadie tiene derecho a prohibírnoslo. Hacerlo es cometer una violación a los derechos humanos de los panameños, especialmente los pobres que tienen hambre y no pueden comer arroz ni leche, porque alguien decidió que los productos extranjeros son “demasiado baratos”.

Mientras sigamos con estas falsedades, bien podemos olvidarnos de todo el discurso sobre pobreza que tan de moda está. Ya es hora de que a los pobres se les permita comer, en lugar de obligarlos a pasar hambre con la excusa de sostener a los productores nacionales. Ya es hora de que dejemos la política de la escasez y abracemos la política de la abundancia.

Fuente: Diario La Prensa,